Dogville: el buenismo de vuelta

Todas las obras de arte reflejan el período en que se han hecho, sin que esto quiera decir que el reflejo sea consecuencia de la buena comprensión, por parte del autor, de ese tiempo (comprensión que ni siquiera tiene por qué ser el propósito de la obra). Y, evidentemente, también es el caso de Dogville, de Lars von Trier, película de esas que vi porque como se hablaba tanto de ella había que verla. Su protagonista es Grace Mulligan, joven que llega a un pueblo del interior de los Estados Unidos sin que sepamos nada sobre ella, salvo que es perseguida por la policía. El pueblo, Dogville, es una pequeña sociedad cerrada en si misma, moralista, aburrida y cotilla, como se suelen imaginar los pueblos estadounidenses en Europa, en lo que es un conocido tropos literario y cinematográfico. Debido a que Grace no tiene adonde ir y a que parece una buena persona, modosa además, los «buenos» habitantes de Dogville no tienen inconveniente en darle morada y alimento a cambio de servicios a la comunidad, que Grace hace de buen grado. La situación cambia cuando los habitantes de Dogville se enteran de que Grace huye de la policía: aunque no creen que haya hecho nada malo (así de desvalida e inocente parece), el hecho de que Grace necesite sin remedio de la protección que obtiene en Dogville hace que los habitantes del pueblo vean la oportunidad de abusar de ella. Empieza así una espiral de humillación para la pobre Grace, que comienza con obligarla a trabajar cada vez más a cambio de remuneraciones cada vez menores y acaba con su secuestro y conversión, más o menos discreta, en una esclava sexual-laboral al servicio de todos los hombres y mujeres de Dogville, lo que es factualmente conocido por todos, aunque no se comente, al tiempo que se genera todo un discurso de culpabilización contra Grace por parte de sus propios verdugos. El abusador que odia al abusado porque su existencia evidencia la crueldad del primero. En definitiva, la apoteosis de la hipocresía, la duplicidad moral y la miseria humana.

La historia me chirrió prácticamente desde el inicio, porque no me suelen gustar los retratos tan contundentes de la falsa realidad que es toda historia literaria o cinematográfica. Léase, no me gustó el maniqueísmo de sus personajes, ni su reducción a un ente único con una sola personalidad. Y tampoco me gustó que Lars von Trier, director danés, al filmar una película que se prestaría evidentemente a lecturas sociológicas, jugase —si vale la metáfora futbolística— a marrar estando en casa. Dogville, pueblo perdido en el interior de los Estados Unidos, habitado por personas grises, con una afabilidad puritana que oculta una crueldad doméstica cobarde y sin piedad. Como ambientación para una película con ínfulas de «reflexión social» es, desde luego, perfecta para resultar aceptable en los medios de comunicación. A pesar de su concepción evidentemente peyorativa y altísimamente prejuiciosa, el retrato que se da en Dogville de cómo son los pueblos americanos es muy «neutra», de bon ton. Nadie se ofende contra Lars von Trier por haber hecho ese retrato del (supuesto) sectarismo hipócrita, de la (supuesta) vacuidad purita, de la (supuesta) mezquindad humana imperante en Dogville, ese pueblo perdido en el interior de los Estados Unidos. Otra cosa hubiera sido que Grace Mulligan, en vez de haber ido a parar a un pueblo blanco y protestante del interior de los Estados Unidos, hubiera llegado, qué sé yo, a una aldea del interior del África central, o a un poblado gitano de Andalucía, y allí la hubieran sometido a estas perrerías que nos parecen tan esperables, dentro de la lógica ficcional, en un pueblo de los Estados Unidos.

Pero realmente esto no fue lo que más me llamó la atención. Lo que más me llamó la atención —y esto sí que me hizo pensar— fue el desenlace. Porque al fin y al cabo, que la película transcurriera en un pueblo de los Estados Unidos y que Lars von Trier jugase a marrar en casa son hechos que no afectan necesariamente a la reflexión final del filme, si esta pretende tener una dimensión más universal. Al final de la historia, aparece en Dogville el padre Grace, un jefe mafioso muy peligroso, acompañados de un buen número de matones. La fuerza se impone: el pueblo está en sus manos. El mafioso encuentra a su hija, y se produce un diálogo entre ésta y su padre, en donde se concluye una disputa moral anterior entre ambos. En la lógica del mafioso, los habitantes de Dogville merecen morir por haber abusado de su hija. Pero Grace se lo discute: ella ha ido aguantando esos abusos, e incluso los ha disculpado, porque «en el fondo» las personas que viven en el pueblo no son culpables. Es su cultura, han vivido inmersos en esa hipocresía y en esa mezquindad, no han tenido oportunidad de trascender su ambiente, y por eso son así. O, incluso, es su «naturaleza», no pueden hacer otra cosa (igual que los animales, dice Grace, no puede hacer otra cosa más que atacar a sus presas), y por ello —es decir, por carecer de libre albedrío, diríamos según una perspectiva de discusión religiosa— no pueden ser llamados culpables. El padre de Grace discrepa: para él los habitantes de Dogville podían haber elegido entre hacer el mal y hacer el bien, y han elegido lo segundo (o, como se dice eufemísticamente, no hacer el «suficiente» bien). Son culpables, y merecen castigo. Y la posición de Grace, tendente a disculparlos, le parece de una arrogancia extrema, que revela el alto concepto moral que Grace tendría de sí misma, su displicencia, en el fondo, hacia los demás: como no piensa que nadie pueda ser tan bueno como ella, que nadie pueda alcanzar su moralidad, tiende a disculpar a los que están por «debajo». Incluso a sus secuestradores y violadores. Finalmente, Grace sucumbe ante la gravedad de los hechos, y admite las razones de su padre. Y, después de que éste haya dejado la suerte de los habitantes de Dogville en manos de su hija, Grace ordena ametrallarlos a todos.

Este diálogo final fue lo que más me llamó la atención. Pero no tanto por su contenido (que como reflexión moral, en abstracto, puede ser tan interesante como cualquier otro) sino por el sentido que tenía dentro de la recepción pública de la película. Dogville había tenido críticas muy positivas, y me sorprendió, después de verla, no haber leído algún síntoma de alarma, inquietud o reflexión al menos por el desarrollo de una lógica moral, entre Grace y su padre, que posiblemente una o dos décadas antes hubiera sido calificada de «fascista» o algún otro adjetivo grueso. Concedamos al mensaje aparente de la obra de ficción su carácter de máscara: no quiero decir que la conclusión moral de Grace y su padre mafioso sea un reflejo de la moral de Lars von Trier (aunque tampoco me extrañaría mucho, francamente). Pero aun así el nihilismo de Dogville es digno de destacar.

¿Por qué Dogville agradó más que inquietó, tanto a la crítica como al público europeos? El personaje de Grace comparte una visión antropológica de la moral que es compartida por buena parte de la población europea y norteamericana: no hay culpables ni inocentes, porque todos nosotros, y nuestra conciencia moral, somos fruto de circunstancias que no dependen de nuestro control o voluntad. Es esta la visión antropológica de la moral que se ha infiltrado en nuestra cultura por medio de la estetización del malo (en las películas, en la literatura), del desdibujamiento y confusión entre el héroe y el antihéroe. Pero el sufrimiento, en carne propia, de las humillaciones de Grace hace que ella no pueda mantener, coherentemente, sus postulados. Su teoría, como tal teoría, puede que esté muy bien, pero desde el punto de vista práctico sólo conduce a que Grace tenga que admitir, si rechaza a su padre, que las vejaciones que padece continúen hasta el infinito. Y ella sabe que su cuerpo, llanamente, no lo aguantaría.

Entonces Grace, anulada cualquier otra alternativa a su concepción antropológica que le permita vivir de modo práctico y moral al mismo tiempo, simplemente sucumbe ante la solución que le puede ofrecer su padre. Exterminar a quien le hace daño. En el fondo, es la consecuencia práctica inevitable de que Grace pensase lo que pensaba. Creo que por este motivo el diálogo final de Dogville ha gustado sin producir escándalo: la conciencia común de nuestra época es que nuestros valores (la ideología y la moral abstracta) están disociados de la moral práctica, y no se ve la posibilidad de unirlos en una situación conflictiva y razonablemente realista (el «obrar recto» parece que es propio de obras como El señor de los anillos). Entonces, en la posmodernidad los héroes y heroínas de la ficción artística (entiéndase el concepto «héroe» en el sentido artístico: el protagonista con el que se identifica el lector o espectador) ya no son aquellos héroes y heroínas que hacían el bien, sino aquellos que observan la contradicción existencial entre el bien y el sentido práctico de la vida y lo asumen con resignación, desesperanza o cinismo individualista. Como el lúcido padre de Grace, el mafioso.

Con bases semejantes creo que se entiende la fascinación presente, y la buena recepción crítica, que están teniendo las series de zombis o novelas como The Road, de Cormac McCarthy.

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3 respuestas a Dogville: el buenismo de vuelta

  1. Chatte dijo:

    No me he leído (aun) las entradas (ya veo que tienes el blog un poco dejado), solo quería decirte que ¡cómo se te echa de menos en meneame! 😉
    Saludos

  2. Perhi dijo:

    Muchas gracias, «Chatte». 😉 Pues sí, como estoy en fase de transformaciones vitales —que me ocupan bastante— he desantendido totalmente este blog. Quién sabe si con el nuevo año vienen fuerzas renovadas. 🙂

    Un abrazo,

  3. Desfazedor dijo:

    Dejé la película por la mitad, de puro aburrimiento. De todos modos, la trama, que leí por ahí, sí que debe llegar a ese punto que dice el artículo; yo tengo unos ideales maravillosos, extrarodinariamente generosos, complejos y sensibles. Eso si, como son inaplicables, no los uso.

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