La generación del ombligo (una sintomatología de lo sucedido, parte I)

La anécdota-alegoría sucedió hace hace unos años. Empezar a salir con una novia casi una década menor que yo me había puesto en contacto, indirectamente a través de sus conocidos y amigos, con una generación —los llamados «ninis»— por los que, intuitivamente, no sentía ya una especial empatía.

Llámenle prejucios; estoy lleno de ellos. Por cierto, haciendo una disgresión, diré que mis prejucios se basan en una capacidad simplificatoria (que algunos llamarían simplista) de llegar a conclusiones rápidas sobre aspectos psicológicos básicos, a partir de los cuales hago extrapolaciones igualmente rápidas. Y también genéricas, por supuesto (si no se generaliza no se llega a saber nada; por eso el triunfo de la perspectiva micro, en economía, en sociología y en tantas otras disciplinas humanísticas, para mí no significa sino un indicio de la cobardía personal de los «intelectuales», y por eso no ha resultado más que en obras que suplen su carencia de contenido con una artificiosa superficialidad).

Pues bien, ella hacía teatro, con otros universitarios compañeros suyos. Ensayaban en un bajo, propiedad de una señora amable que había tenido la generosidad de dejar sus llaves a un grupo de jóvenes desconocidos para que practicasen su afición a la escena. Un día, después de un ensayo, habíamos quedado. Venía muy molesta, e inmediatamente me cuenta el motivo de su enfado. Habían estado pintado no sé qué con brochas gordas, para la obra que estaban ensayando. En el bajo de la señora había una mesa, con un mantel de tela, y como resultado del descuido y de la escasa consideración, algunos habían machado el mantel completamente de pintura.

Entonces al verlo mi novia dijo algo que le pareció natural: «Tendremos que comprarle otro mantel a la señora», a lo que otra compañera asintió. Y me pregunta, con ese tono enojado típico de quien está dando a entender una respuesta negativa, qué creo yo que había dicho el resto del grupo.

Le respondo, con naturalidad, sabiendo que no me voy a equivocar:

—«Supongo que vuestra idea de que debíais reparar lo que habíais estropeado les habrá parecido ridícula».

Efectivamente, no me equivoco: el resto del grupo se había reído.

La generación nini, o generación del ombligo, o generación mantequilla (como la llama mi suegra) es el resultado final de un largo proceso degenerativo. No puedo saber por propia experiencia cuándo empezó.

Pensando sobre ello, creo que empezó con la generación de la movida, y que todo esto ha estado rodando pendiente hacia abajo desde entonces. La generación de la movida, ese movimento social que nuestro co-bloguero santaliberdade califica como «la mala resaca del franquismo», me parece, visto ahora en perspectiva histórica, ejemplarmente coherente con sus postulados: como bien indicó Eduardo Rodríguez Rodway, el guitarrista de Triana, la movida la hizo una generación de españoles que a sus veinte años dieron la espalda a la música de calidad que se hacía en España, condenándola al fracaso comercial, porque les gustaba más una serie de gilipolleces mal cantadas y peor tocadas sobre electrodomésticos molonguis, murcianas marranas, pollos fritos, maricas de terciopelo y demás subnormalidades casposas, unidas además de por su vergonzosa calidad estética por su exaltación del hedonismo, de la superficialidad y de la filosofía del «pa chulo chulo, mi pirulo».

Esa misma generación de niños acomplejados del tardo-franquismo es la generación anómica que a los treinta o cuarenta años —pensando ya en «medrar en la vida» y aquejados del vulgar «pragmatismo» de la pérdida de su anterior ingenuidad autocomplaciente— inventó la telebasura, la cultura del pelotazo, el individualismo cínico y resentido, el orgullo por la mediocridad rentable (alardeaba Javier Sardá: «antes tenía el respeto de la gente, ahora tengo el respeto de mi banquero»). La misma generación que tiene más divorciados que casados, y que prefiere fingir que sus hijos adolescentes son «muy maduros para su edad» porque darles el dinero para que les dejen en paz y emborracharlos en el botellón es más cómodo que bregar con la conviviencia familiar y las dificultades de una educación humanística.

Su legado lo tenemos delante de los ojos. El rey del pollo frito, orgulloso de su «fama de toda la vida» por ser «el que más botellas del Águila mangaba» en el barrio, dejó de ser, entre los años noventa y la década presente, un fantoche televisivo consciente de sus boutades, para convertirse en un tipo social corriente, naturalizado, que asume lo que antes se sabía boutade como si fuera un valor normal. Para esta escoria, restituir algo que has roto a quien te lo ha prestado por hacerte un favor, cuando puedes evitar poner a escote un par de euros de mierda echándole jeta y morro, es una idea absurda. ¿A quién se le ocurre? Solo a un par de pringadas, obviamente. Lo estrambótico de la idea es tal que mueve a risa, igual que a un niño le mueve a risa cuando ve un cómico o un payaso de circo haciendo gestos extraños e inesperados.

Afortunadamente, los años de crisis económica y social ya pasados y los que quedan por venir, que están cambiando la sociedad española de arriba a abajo, van a ser muy duros para los que tengan a sufrir a los reyes y reinas del pollo frito. Estos no cambiarán, pero el resto se va a ver forzado a un cambio cultural que probablemente haga que ciertos valores acaben cayendo en el cubo de la basura de la historia. Por eso, a pesar de todo, veo esperanza en el futuro, aunque sea una esperanza peculiar y algo agridulce para el hábito de nuestro paladar. Sobre ello tal vez escriba en otra entrada.

*Nota: el término «generación del ombligo» no es original, sino copia de un anónimo forero de Menéame.net, gelogelo (http://www.meneame.net/user/gelogelo). De él, sin permiso, se lo cojo y se lo agradezco.

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Una respuesta a La generación del ombligo (una sintomatología de lo sucedido, parte I)

  1. Perhi dijo:

    E, finalmente, saiu da «nevera» para o blogue. Custou…

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