Una convicción natural

Juan Vázquez de Mella fue durante muchos años diputado carlista, en el período de la Restauración. Parece ser que era un excelente orador, aunque no le caía bien a sus compañeros, pues era, como él mismo se definía, un integrista (en aquel entonces la palabra integrista no evocaba a señores con turbante, y todavía había quien la usaba con un sentido positivo — relacionado con la integridad en el obedecimiento a la doctrina católica). Pues bien, en cierta ocasión otro diputado le reprochó: «es usted un intransigente». Vázquez de Mella le replicó tranquilamente que eso no era cierto, y explicó el motivo: «porque no se puede ser intransigente cuando se tiene la razón».

La lógica de Vázquez de Mella es impecable, y de hecho es la que comparte, instintivamente, la sociedad. Si alguien dijese que prefiere la música de Schumann a la de Shostakovich y yo le respondiese «menuda imbecilidad», probablemente se consideraría que tengo algún problema de mala educación y de intolerancia. Sin embargo, si el terreno de discusión fuese menos subjetivo y mi oponente argumentase en contra de algo socialmente consensuado como evidente, mis palabras ya no se tendrían como tan maleducadas. Si por ejemplo esta persona sostuviese que es más legible una letra gótica medieval que una fuente tipográfica de la familia de Garamond, o de Times New Roman, mi reacción inicial podría ser pensar que me está tomando el pelo. Si insistiese en defender su punto de vista contra toda obviedad, haciendo extraños silogismos para defender la extravagancia de que un manuscrito medieval se lee más fácilmente que un libro actual impreso con en Palatino, yo podría replicarle «deja de decir imbecilidades», o podría hacerle alguna burla, porque mi reacción sería más comprendida y justificada por parte del resto de la gente.

Esta legitimidad social para reírse o menospreciar al que discute lo obvio es común a todos los tiempos históricos y a todas las sociedades. El ser humano se siente ofendido cuando ve que es negado aquello que considera como verdades obvias. De ahí que lo que en otras circunstancias se considera insulto deje de ser considerado como tal cuando se dirige contra alguien que está negando lo evidente. Vázquez de Mella estaba en lo cierto: en última instancia, en la irreductibilidad final de cada elemento de la lógica, cuando se tiene la razón es imposible defenderla con intransigencia. Si alguien defendiese con unos modales traquilos que dos más dos son cinco, y yo le respondiese llevándome las manos a la cabeza y gritándole que dos más dos son cuatro, nadie atribuiría mi reacción a mi intransigencia, así como tampoco atribuirían la calma de mi oponente a su racionalidad. Más bien atribuirían mis modos a una indignación lógica, y los de él a su profunda estupidez. El enunciado de Vázquez es, desde el punto de vista lógico, perfecto.

El problema, claro, es que en el caso de Vázquez de Mella muchos le discutirían la mayor. Simplemente, había muchos diputados que no creían, en absoluto, que el carlista tuviese razón en lo político.

Hace unos años yo solía participar en un grupo de correo de lectores de Javier Ortiz, el periodista de El Mundo y que después fue de Público. Formábamos aquel grupo una variedad no demasiado heterogénea de rojos diversos y de separatistas de varias tendencias. En cierta ocasión entró en el grupo un hombre que pertenecía a esa clase de izquierdistas que consideran al nacionalismo como una la mayor plagas derechistas y pequeño-burguesas que la mezquindad y la ignorancia humanas han creados. Según entró y detectó la presencia en el foro de algunos peneuvistas, batasunos, convergentes y bloqueiros, consideró pertinente (por algún motivo) responder a todas estas personas, insistiendo en dos argumentos o «argumentos», a saber:

– Que los puntos de vista de estas personas eran consecuencia de una ignorancia auténticamente analfabeta.

– Que dichos puntos de vista eran resultado, además, de una incapacidad crónica para disfrutar de la vida, incluyendo una ausencia total de actividad sexual.

Todo lo cual lo decía mediante unas formas de expresión muy castizas, como podrán ustedes imaginar.

Como noté que este castizo analista llegaba al grupo para quedarse, le envié un correo privado. Le escribí, educadamente, diciendo que yo entendía, y que no negaba a priori, que sus apreciaciones pudieran estar correctas, pero me preguntaba cuál era la necesidad de que las expresase de ese modo, sobre todo teniendo en cuenta que al hacerlo tendría que admitir la posibilidad de que otros le respondiesen haciendo diagnósticos parecidos respecto a su persona (esto último, como los que me conocen podrán suponer, era ironía por mi parte). Me respondió brevemente. Me dijo que comprendía lo que yo quería decir, y añadió: «pero es mi libertad, ¿lo entiendes?»

Interpreté, y sigo interpretando, esta respuesta del mismo modo. Para él, una verdad evidente era que los nacionalistas de España eran, todos ellos, unas personas de una calidad moral ínfima, que los hacía merecedores de una humillación pública; humillación consistente en enunciar otras verdades evidentes, tales como su frustración existencial, su infelicidad y su ignorancia. Como para él esto eran verdades evidentes, todo lo demás era reinterpretado a partir de estas evidencias. De este modo, si alguien le escribe para decirle que debería ser más respetuoso, no se trata —en su interpretación— de que alguien le esté pidiendo que tenga respeto, sino de que alguien, que sin duda es un nacionalista, y por lo tanto alguien que no entiende lo que es la libertad, se está sintiendo tan molesto por tener que aguantar un ejercicio de libertad, que se toma el trabajo de escribirle para mandarle callar, tal es el escozor que la libertad (cuyo concepto no entiende) le produce. Suma y sigue.

Todo esto nos lleva a que cuando una ideología se convierte en hegemónica (según el sentido que le daba Gramsci al palabrejo), sea en un grupo o en la sociedad, las personas que la sostienen empiezan en muchas ocasiones a razonar del mismo modo que razonan los paranoicos delirantes. Para el paranoico delirante, todo elemento de la realidad demuestra sus tesis: sean elementos de un signo o del contrario. Para el celoso patológico, si su mujer sale de casa, eso «demuestra» que va a citarse con su amante; si en cambio se queda en casa, eso «demuestra» que está tratando de disimular que tiene un amante. Lo mismo le sucede a una ideología dominante en su cenit de hegemonía social o grupal, en esos momentos en que el adversario político se conceptualiza como «enemigo». El enemigo es malo porque hace, supuestamente, determinadas acciones malignas. Si se observa que las realiza, los propios hechos demuestran lo que la ideología dominante afirma; o sea, que el enemigo es malo porque hace las acciones malignas que nosotros decimos que hace. Y si no las hace, la ausencia de dichas acciones no se convierte en la prueba de su inocencia, sino de su hipocresía: no es que el enemigo no haga las acciones malignas que la ideología dominante le atribuye porque no quiera hacerlas, sino que no las hace porque quiere disimular su malignidad, o porque se ve «obligado» a no hacerlas para mantener su buena imagen.

De esta forma, la ideología dominante puede seguir manteniendo su auto-convencimiento moral e intelectual, alimentándose tanto de las evidencias que prueban unos hechos como de las evidencias que prueban los hechos contrarios. Suma y sigue.

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5 respuestas a Una convicción natural

  1. alberto.djusto dijo:

    Te acabo de descubrir. Este post en concreto me parece absolutamente impecable. Mi más sincera enhorabuena.

  2. Eres un pringao dijo:

    Traquilos (trecer párafo línea 8) Vaya falta jajajajajajaja

  3. Perhi dijo:

    Pues sí, qué barbaridad. Me flagelaré con el corbacho.

  4. Pingback: Una convicción natural

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