La tolerancia infinita

Al igual que el post anterior, este surge a raíz de una noticia aparecida en Menéame. En ella se informa de la primera sentencia en España por hacer apología del nazismo a través de internet. Como otras veces, he ordenado los comentarios para ver los más valorados, y he visto que varios de ellos se posicionaban en contra por entenderlo como un ataque a la libertad de expresión. Esta idea se resume en uno de los comentarios, en el que se cita el célebre aforismo de Voltaire: « Je ne suis pas d’accord avec ce que vous dites, mais je me battrai jusqu’à la mort pour que vous ayez le droit de le dire ».

Ha sido leerlo y pensar en Victor Klemperer. A diferencia de todos nosotros, él sí vivió el nazismo. Y, por fortuna para la Humanidad, fue capaz de resistir el peso plomizo de la ideología nazi y, en esa resistencia cotidiana, sacar aún fuerzas para desenmascarar la tupida red de ficciones que las masas histéricas y entregadas adoptaron como si fuese la realidad. Porque les gustaba creerse su propia verdad.

Klemperer, filólogo de formación, adquirió notoriedad 35 años después de su muerte, con la publicación de sus Diarios, en los que relata su vida cotidiana en medio de la sociedad nazi. Pero, además de esos diarios, escribió un ensayo imprescindible sobre el modo en que el nazismo empleó la lengua para divulgar su estructura ideológica, LTI. La lengua del Tercer Reich (LTI es un acrónimo de Lengua Tertii Imperii, el nombre irónico con el que se mofaba de la vacua pomposidad del nacionalsocialismo). En España fue publicado por primera vez en el 2001 por editorial minúscula, dentro de su colección Alexanderplatz, 4. Háganse el favor de leerlo.

En ese ensayo, en el capítulo III, el autor enuncia: “He vivido tres épocas en la historia alemana, la del emperador Guillermo, la de la República de Weimar y la de Hitler” (el libro fue escrito al poco de acabar la guerra). A continuación, habla de la libertad de expresión en las dos primeras épocas. Por su interés, reproduzco sus palabras:

“La República dio plena libertad a la palabra y a la escritura de una forma que podría calificarse de suicida; los nacionalsocialistas se jactaban de forma abierta de aprovechar únicamente los derechos otorgados por la Constitución cuando atacaban sin miramientos las instituciones y las principales ideas del Estado, utilizando todos los recursos de la sátira, del sermón y de la soflama. No existían limitaciones en el ámbito del arte y de las ciencias, de la estética y de la filosofía. Nadie se sentía ligado a un dogma ético y estético, todo el mundo podía elegir libremente. Se solía elogiar esta polifónica libertad espiritual calificándola de enorme y decisivo progreso respecto a la época imperial.

Pero, ¿fue la época del emperador Guillermo realmente mucho menos libre?.

En mis estudios sobre la Ilustración francesa me llamó a menudo la atención un parentesco decisivo entre las últimas décadas del ancien régime y la época de Guillermo II. Desde luego, bajo Luis XV y Luis XVI existía la censura, se utilizaba la Bastilla para los enemigos del rey y para los ateos y había un verdugo, y se pronunciaron una serie de sentencias sumamente severas que, así y todo, no son demasiadas si se reparten por toda la época. Y los miembros de la Ilustración lograban publicar y difundir sus escritos una y otra vez, muchas veces casi sin trabas, y cada pena que recaía en uno de ellos sólo servía para consolidar y dar a conocer los textos rebeldes.

De manera muy parecida, bajo Guillermo II aún dominaba la severidad moral y absolutista y de vez en cuando se celebraban procesos por delitos de lesa majestad, de blasfemia o contra la moral. Sin embargo, el verdadero dominador de la opinión pública era el Simplizissimus. Debido al veto imperial, Ludwig Fulda no recibió el premio Schiller que le concedieron por su Talismán; pero el teatro, la prensa y las revistas satíricas se permitían críticas al orden establecido cien veces más mordaces que la del dócil Talismán. Y para entregarse sin prejuicios a cualquier tendencia procedente del extranjero, así como para experimentar en los ámbitos de la literatura, de la filosofía y del arte, bajo Guillermo II tampoco existían trabas. (…)

En las dos épocas en las que abarco desde mi experiencia personal existía una libertad literaria tan amplia que los poquísimos casos de aplicación de la mordaza deben considerarse excepcionales.”

La sucesión es importante. Bajo Guillermo II existía abundante libertad. Esto se acentuó en la República de Weimar, donde la tolerancia fue absoluta. El siguiente paso es el nazismo.

Si he de escoger una época en la que hubo libertad, me quedo con Guillermo II. En teoría, la mejor sería la de Weimar, pero en la práctica, esa tolerancia infinita no generó más libertad, puesto que al desgajarla de la responsabilidad, degeneró en un escenario en el que los enemigos de la libertad podían conspirar a plena luz del día para derrocar el sistema valiéndose del mismo. Fue cuestión de tiempo que surgiera una solución salvífica que entusiasmase al pueblo alemán con sus promesas de poner orden. Si hubo unos tétricos años 30 es porque antes hubo unos felices y despreocupados años 20.

No hay libertad sin responsabilidad, y esto tiene dos caras. Por un lado, el que la ejerce debe calibrar las posibles consecuencias de sus actos, y asumirlos una vez realizados. Por el otro, es necesario protegerse de quienes se aprovechan de la libertad para intentar arrebatárnosla a los demás. No es lógico, sino suicida, concederles libertad a quienes tienen como objetivo arrebatarnos la nuestra. El buenismo, en estos casos, es un crimen. Hay gentuza, como Noam Chomsky cuando prologó el libro de un negacionista, que nos quieren vender que son la quintaesencia de la superioridad moral por defender la libertad de expresión de quienes tienen como objetivo confeso acabar con el libre albedrío. En este caso, pueden pasar dos cosas:

– Están tan cegados por el brillo de su vanidad que no prestan atención a las consecuencias (aquí irían Chomsky o Zapatero).

– Bajo la bandera de la libertad, secretamente simpatiza con el salvapatrias de turno (como Chamberlain, o Lindbergh).

En todo caso, la tolerancia infinita es el síntoma de una sociedad esclerótica que, tarde o temprano, buscará en los rudos de siempre, a un extremo u otro del espectro ideológico, quien ponga algo de orden. Porque si hubo unos tétricos años 30 es porque antes hubo unos despreocupados años nini.

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