La glorificación de la indolencia

Confieso que no aprendo: me prometo a mí mismo no ver determinados programas de televisión y, al final, por eso que se le llama «curiosidad» acabo cayendo.

El susodicho programa, estrenado hoy, se titula Operación Momotombo, y consiste, grosso modo, en que el ex-futbolista Julio Salinas tiene que intentar «educar» a un grupo de jóvenes, los cuales se enorgullecen de no haber pegado un palo al agua en sus vidas. Por supuesto, este no es el primer programa que intenta rescatar del abismo a un puñado de vagos y maleantes (véase Generación Ni-Ni, de La Sexta), pero si a mí me podía quedar algún margen para escandalizarme, éste ha sido sobrepasado con creces.

Para llegar a la conclusión de que la emisión de este programa es inmoral, he tenido suficiente en ver los primeros quince minutos del programa, antes de que los «angelitos» iniciasen su viaje de reeducación a Nicaragua. He tenido que presenciar cómo dos hermanas se agredían entre si delante de las cámaras, cómo una madre le habla a su hija del abuso que ésta hace de las drogas, cómo una madre enseña a las cámaras las marcas de una supuesta agresión de la hija e, inclusive, cómo un hijo utiliza una palabra que no voy a reproducir (algo de pudor queda) para referirse a un familiar suyo, por supuesto con cámaras delante.

Los sociólogos están empezando a buscar definiciones para entender a esta especie de antihéroes posmodernos, aquellos que antes serían despachados refiriéndose a ellos como holgazanes o, simplemente, gente de mal vivir. Lo que sucede es que, ahora, la mayoría de estos especímenes no pertenecen al lumpemproletariado ni a las clases obreras de las grandes ciudades; al contrario, la gran mayoría de estas personas pertenecen a clases medias, cuando no acomodadas, y al contrario que en tiempos pasados, cuando la juventud se avergonzaba de pedir dinero para salir (cosa que motivaba a independizarse), estas personas no sienten vergüenza ninguna en ordeñar las ubres del presupuesto paterno hasta sangrarlas. Este nuevo género de personas se han definido como vividores de la pobreza que, básicamente, aspiran a salir en la tele glorificando su modus vivendi de no hacer nada, reafirmarse en él como parte de su personalidad y, por supuesto, exhibirla sin el menor pudor ni vergüenza. El tema es que en la actual sociedad global estos antihéroes sin oficio ni beneficio tienen su grupo de seguidores y, por lo tanto, lo que antes desaparecía por puro darwinismo social ahora tiene un nicho de mercado, porque hay a quien le divierten e interesan las peripecias de los vagos (como hay a quien le gusta lo que hacen Carmen Lomana, Belén Esteban o Jimmy Jump, conocidos por cualquier cosa excepto por el plebeyo arte de trabajar) — lo suficiente como para que, paradójicamente, haya un buen grupo de gente que pueda vivir de exhibir la holgazanería de unos.

Confieso que hoy me he sentido triste. Aun admitiendo que aquí debería intervenir ipso facto cierta instancia gubernamental preocupada por otros menesteres, siento tristeza porque las cadenas de televisión hayan llegado a tal punto de amoralidad. Lo siguiente, seguro, consistirá en la emisión en directo y en horario de prime time de la descomposición de un cadáver desde dentro de su ataúd. Se admiten apuestas.

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