Je suis européen

Buenos días. Hoy quería comunicarles a ustedes que los políticos, periodistas e intelectuales europeos, animados por nuestro sentido del deber cívico y por la exigencia de los grandes retos históricos que nos plantea este mundo global, nos hemos puesto a reflexionar sobre la civilización europea y su papel en el presente contexto histórico. Y con la vastísima capacidad autocrítica y humanística que como europeos nos caracteriza, después de un profundo análisis que nos ha ocupado más de dos horas, hemos llegado a la conclusión de que Europa está mejor que nunca, de que el futuro será todavía más esplendoroso que el presente y de que ser europeo es sinónimo de ser culto, tolerante y solidario. En fin, podemos afirmar —sin miedo ni titubeos, ya que los más autorizados expertos de la Unión Europea así lo confirman— que ser europeo es consustancial con la posesión de todas las virtudes a las que puede aspirar un ser humano completo.

Y no debemos ser pacatos en enorgullecernos por ello, ya que mucho nos ha costado. Hoy los europeos podemos proclamar con satisfacción que por fin hemos conseguido nuestra unidad, que hemos superado definitivamente (o hasta el año 3.500 por lo menos) las guerras que nos desangraron en el pasado, y que hemos dejado atrás también nuestro viejo etnocentrismo, esa estúpida vanidad que nos impedía ver a los hombres y mujeres de otros continentes como lo que son, es decir, como nuestros iguales. Esos iguales que buscan perfeccionarse pareciéndose al europeo y a la europea, porque ser europeo (y europea) es sinónimo de ser cult@, tolerant@ y solidari@. Y los europeos/as, con la generosidad que nos caracteriza, vamos a ayudar en ello a esos hombres y mujeres de la Protoeuropa mundial.

Y como primera ayuda para recorrer ese camino, les abrimos nuestra televisión por cable, espacio de comunicación intersubjetivo donde la humanidad global ha de unirse en la democracia, la libertad, los valores universales y el espíritu europeo.

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Dogville: el buenismo de vuelta

Todas las obras de arte reflejan el período en que se han hecho, sin que esto quiera decir que el reflejo sea consecuencia de la buena comprensión, por parte del autor, de ese tiempo (comprensión que ni siquiera tiene por qué ser el propósito de la obra). Y, evidentemente, también es el caso de Dogville, de Lars von Trier, película de esas que vi porque como se hablaba tanto de ella había que verla. Su protagonista es Grace Mulligan, joven que llega a un pueblo del interior de los Estados Unidos sin que sepamos nada sobre ella, salvo que es perseguida por la policía. El pueblo, Dogville, es una pequeña sociedad cerrada en si misma, moralista, aburrida y cotilla, como se suelen imaginar los pueblos estadounidenses en Europa, en lo que es un conocido tropos literario y cinematográfico. Debido a que Grace no tiene adonde ir y a que parece una buena persona, modosa además, los «buenos» habitantes de Dogville no tienen inconveniente en darle morada y alimento a cambio de servicios a la comunidad, que Grace hace de buen grado. La situación cambia cuando los habitantes de Dogville se enteran de que Grace huye de la policía: aunque no creen que haya hecho nada malo (así de desvalida e inocente parece), el hecho de que Grace necesite sin remedio de la protección que obtiene en Dogville hace que los habitantes del pueblo vean la oportunidad de abusar de ella. Empieza así una espiral de humillación para la pobre Grace, que comienza con obligarla a trabajar cada vez más a cambio de remuneraciones cada vez menores y acaba con su secuestro y conversión, más o menos discreta, en una esclava sexual-laboral al servicio de todos los hombres y mujeres de Dogville, lo que es factualmente conocido por todos, aunque no se comente, al tiempo que se genera todo un discurso de culpabilización contra Grace por parte de sus propios verdugos. El abusador que odia al abusado porque su existencia evidencia la crueldad del primero. En definitiva, la apoteosis de la hipocresía, la duplicidad moral y la miseria humana.

La historia me chirrió prácticamente desde el inicio, porque no me suelen gustar los retratos tan contundentes de la falsa realidad que es toda historia literaria o cinematográfica. Léase, no me gustó el maniqueísmo de sus personajes, ni su reducción a un ente único con una sola personalidad. Y tampoco me gustó que Lars von Trier, director danés, al filmar una película que se prestaría evidentemente a lecturas sociológicas, jugase —si vale la metáfora futbolística— a marrar estando en casa. Dogville, pueblo perdido en el interior de los Estados Unidos, habitado por personas grises, con una afabilidad puritana que oculta una crueldad doméstica cobarde y sin piedad. Como ambientación para una película con ínfulas de «reflexión social» es, desde luego, perfecta para resultar aceptable en los medios de comunicación. A pesar de su concepción evidentemente peyorativa y altísimamente prejuiciosa, el retrato que se da en Dogville de cómo son los pueblos americanos es muy «neutra», de bon ton. Nadie se ofende contra Lars von Trier por haber hecho ese retrato del (supuesto) sectarismo hipócrita, de la (supuesta) vacuidad purita, de la (supuesta) mezquindad humana imperante en Dogville, ese pueblo perdido en el interior de los Estados Unidos. Otra cosa hubiera sido que Grace Mulligan, en vez de haber ido a parar a un pueblo blanco y protestante del interior de los Estados Unidos, hubiera llegado, qué sé yo, a una aldea del interior del África central, o a un poblado gitano de Andalucía, y allí la hubieran sometido a estas perrerías que nos parecen tan esperables, dentro de la lógica ficcional, en un pueblo de los Estados Unidos.

Pero realmente esto no fue lo que más me llamó la atención. Lo que más me llamó la atención —y esto sí que me hizo pensar— fue el desenlace. Porque al fin y al cabo, que la película transcurriera en un pueblo de los Estados Unidos y que Lars von Trier jugase a marrar en casa son hechos que no afectan necesariamente a la reflexión final del filme, si esta pretende tener una dimensión más universal. Al final de la historia, aparece en Dogville el padre Grace, un jefe mafioso muy peligroso, acompañados de un buen número de matones. La fuerza se impone: el pueblo está en sus manos. El mafioso encuentra a su hija, y se produce un diálogo entre ésta y su padre, en donde se concluye una disputa moral anterior entre ambos. En la lógica del mafioso, los habitantes de Dogville merecen morir por haber abusado de su hija. Pero Grace se lo discute: ella ha ido aguantando esos abusos, e incluso los ha disculpado, porque «en el fondo» las personas que viven en el pueblo no son culpables. Es su cultura, han vivido inmersos en esa hipocresía y en esa mezquindad, no han tenido oportunidad de trascender su ambiente, y por eso son así. O, incluso, es su «naturaleza», no pueden hacer otra cosa (igual que los animales, dice Grace, no puede hacer otra cosa más que atacar a sus presas), y por ello —es decir, por carecer de libre albedrío, diríamos según una perspectiva de discusión religiosa— no pueden ser llamados culpables. El padre de Grace discrepa: para él los habitantes de Dogville podían haber elegido entre hacer el mal y hacer el bien, y han elegido lo segundo (o, como se dice eufemísticamente, no hacer el «suficiente» bien). Son culpables, y merecen castigo. Y la posición de Grace, tendente a disculparlos, le parece de una arrogancia extrema, que revela el alto concepto moral que Grace tendría de sí misma, su displicencia, en el fondo, hacia los demás: como no piensa que nadie pueda ser tan bueno como ella, que nadie pueda alcanzar su moralidad, tiende a disculpar a los que están por «debajo». Incluso a sus secuestradores y violadores. Finalmente, Grace sucumbe ante la gravedad de los hechos, y admite las razones de su padre. Y, después de que éste haya dejado la suerte de los habitantes de Dogville en manos de su hija, Grace ordena ametrallarlos a todos.

Este diálogo final fue lo que más me llamó la atención. Pero no tanto por su contenido (que como reflexión moral, en abstracto, puede ser tan interesante como cualquier otro) sino por el sentido que tenía dentro de la recepción pública de la película. Dogville había tenido críticas muy positivas, y me sorprendió, después de verla, no haber leído algún síntoma de alarma, inquietud o reflexión al menos por el desarrollo de una lógica moral, entre Grace y su padre, que posiblemente una o dos décadas antes hubiera sido calificada de «fascista» o algún otro adjetivo grueso. Concedamos al mensaje aparente de la obra de ficción su carácter de máscara: no quiero decir que la conclusión moral de Grace y su padre mafioso sea un reflejo de la moral de Lars von Trier (aunque tampoco me extrañaría mucho, francamente). Pero aun así el nihilismo de Dogville es digno de destacar.

¿Por qué Dogville agradó más que inquietó, tanto a la crítica como al público europeos? El personaje de Grace comparte una visión antropológica de la moral que es compartida por buena parte de la población europea y norteamericana: no hay culpables ni inocentes, porque todos nosotros, y nuestra conciencia moral, somos fruto de circunstancias que no dependen de nuestro control o voluntad. Es esta la visión antropológica de la moral que se ha infiltrado en nuestra cultura por medio de la estetización del malo (en las películas, en la literatura), del desdibujamiento y confusión entre el héroe y el antihéroe. Pero el sufrimiento, en carne propia, de las humillaciones de Grace hace que ella no pueda mantener, coherentemente, sus postulados. Su teoría, como tal teoría, puede que esté muy bien, pero desde el punto de vista práctico sólo conduce a que Grace tenga que admitir, si rechaza a su padre, que las vejaciones que padece continúen hasta el infinito. Y ella sabe que su cuerpo, llanamente, no lo aguantaría.

Entonces Grace, anulada cualquier otra alternativa a su concepción antropológica que le permita vivir de modo práctico y moral al mismo tiempo, simplemente sucumbe ante la solución que le puede ofrecer su padre. Exterminar a quien le hace daño. En el fondo, es la consecuencia práctica inevitable de que Grace pensase lo que pensaba. Creo que por este motivo el diálogo final de Dogville ha gustado sin producir escándalo: la conciencia común de nuestra época es que nuestros valores (la ideología y la moral abstracta) están disociados de la moral práctica, y no se ve la posibilidad de unirlos en una situación conflictiva y razonablemente realista (el «obrar recto» parece que es propio de obras como El señor de los anillos). Entonces, en la posmodernidad los héroes y heroínas de la ficción artística (entiéndase el concepto «héroe» en el sentido artístico: el protagonista con el que se identifica el lector o espectador) ya no son aquellos héroes y heroínas que hacían el bien, sino aquellos que observan la contradicción existencial entre el bien y el sentido práctico de la vida y lo asumen con resignación, desesperanza o cinismo individualista. Como el lúcido padre de Grace, el mafioso.

Con bases semejantes creo que se entiende la fascinación presente, y la buena recepción crítica, que están teniendo las series de zombis o novelas como The Road, de Cormac McCarthy.

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Proibido o branco

El racismo está de moda en Brasil. Cualquiera puede notarlo si visita el país. Hace años algunas personas llevaban por la calle camisetas en las que declaraban, orgullosos, su pureza racial: «100% preto» (100% negro). Lo africano en origen representa la buena nacionalidad; lo mestizo (o mejor lo mulato) también es admisible dentro del canon patriótico. Lo otro, lo proclamado opresivo según una dicotomía falsa y maniquea (especialmente en Brasil) es naturalmente culpable. Lula da Silva tenía una explicación racial para la crisis económica mundial: «La crisis está causada por comportamientos irracionales de gente blanca de ojos azules, que antes parecían saber de todo y ahora demuestran no saber de nada.»

Las palabras de Lula son consecuencia lógica del ambiente ideológico brasileño. En Brasil, país sometido a la ingeniería social en lo que llamo un experimento gramsciano avanzado (probablemente el más avanzado del mundo) se inculca el odio racial. Todo buen discurso de odio basa su éxito en la victimización, la herramienta más efectiva para que el común de la gente —que tiende normalmente más a evitar problemas que a buscarlos— sienta el suficiente rencor o la «justa» indignación como para juntarse a una manada y morder al «opresor». En Brasil hace cierto tiempo que se ponen cuotas reservadas a «negros» para acceder a la universidad. «Negros» entre comillas, porque negros en Brasil hay pocos, así como hay pocos blancos. En Brasil se ha importado el discurso sobre los derechos civiles en los Estados Unidos, país donde sí hay blancos, y donde sí hay negros, y se exige a un joven brasileño nacido de genes portugueses, indios, africanos e italianos que se coloque a un lado de la línea divisoria. Igual que el cristiano viejo se complacía en su pureza, el buen brasileño debe olvidar la blanquitud, nuevo estigma del racismo posmoderno.

Esa blanquitud es difícil de disimular para Fernanda Lima y Rodrigo Hilbert. Por lo tanto que salgan por televisión, que se muestren a todo el mundo es indigno, escandaloso, antipatriótico. Y cuando afecta a algo tan grave como la reputación de una nación se hace necesario que intervenga la fiscalía. El racismo negro-mulato sigue, en su progresión, los mismos pasos que sigue cualquier discurso racista, fascista o autoritario: primero gana «respetabilidad» académica, después se extiende socialmente y por último se consagra en ley, convierte en delito la discrepancia y se arma con la fuerza del estado para perseguir al objeto de su obsesión.

Post-scriptum: el fiscal de São Paulo, sin embargo, no ve discriminación en la buena presencia de la pareja de presentadores blancos. Ya se sabe, la televisión es un medio visual y la función principal de un medio visual es lucir tipo y escote en todo momento y lugar. ¿Y quién querría levantar una pancarta para identificarse con los «feos oprimidos y discriminados»? Beyoncé pertenece a una minoría oprimida, sin duda, pero está buena, y por lo tanto puede proclamar con orgullo que a pesar de negra tiene dignidad. Tanta o más que Fernanda Lima.

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Periodismo español

La curva fatídica, el amasijo de hierros, barajan la posibilidad, el escenario dantesco, el trágico accidente, el amasijo de hierrros, la fatídica curva, barajan la posibilidad, el testimonio impactante, el amasijo de hierros, los rostros de la tragedia, el escenario dantesco, rotos por el dolor, el amasijo de hierros, la curva fatídica…

Y entre tanta prensa de calidad, una oportunidad excelente para practicar la autoadulación y dar la noticia de que estamos dando noticias:
http://www.abc.es/espana/20130728/abci-record-audiencia-accidente-santiago-201307261947.html

Y por si éramos pocos, parió la abuela:
http://www.larazon.es/detalle_normal/noticias/3129828/la-razon-en-casa-del-conductor-no-me-diga

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Un modelo progresista occidental (utopía vitalista, secular y postprotestante)

– Mamá, ¿me compras una puta, esa que está en el escaparate?
– No se dice «puta», se dice «trabajadora sexual». Hay que tratar a todas las personas con dignidad.
– Mamá, ¿me compras esa trabajadora sexual que está en el escaparate?
– Yo por mí te la compraba, pero la policía no me deja, porque dice que eres muy pequeño. A mí me parecen absurdos estos prejuicios contra el libre disfrute de tu cuerpo, pero es que si te la compro me meten en la cárcel. Tienes que entender.
– ¿Entonces me la compras el próximo año?
– El próximo año sí. Aunque ya me estás saliendo muy caro con tus caprichos. Si lo llego a saber te hubiera ayudado a morir dignamente cuando naciste.
– Lo siento, mamá. Pero si quieres cuando yo sea mayor te ayudo a morir dignamente a ti. Así también podemos ahorrar.
– Pues tienes razón. Al fin y al cabo la vida no tiene sentido.

(Inspirado por los comentarios de Sulfolobus_Solfataricus.)

Post Scriptum: el dedicado me dice, por mensaje privado, que a esta entrada «le falta esa ingeniosa acidez» que, según él, poseo. Puede que sea una crítica justa, o incluso justísima. En consecuencia, se abre el período de redacciones alternativas, en los comentarios. Se publicará la más valorada por los lectores, y la original se quedará para un extra en la edición deluxe.

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El «totalitarismo de terciopelo»

Excelente artículo de Kenneth Westhues sobre una epidemia en los países anglosajones, que amenaza con infectar en el extranjero:
http://arts.uwaterloo.ca/~kwesthue/regiftedxmas12.html

Traducción, más o menos correcta, aquí:
http://www.terceracultura.net/tc/?p=6065

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Nada nuevo

Los católicos que piensen que la Iglesia debería buscar como Papa eso que se denomina —eufemística e hipócritamente— una «cara amable», para protegerse del anticlericalismo y antiteísmo hegemónicos en los medios de comunicación, piensan muy ingenuamente.

Es sabido —o debería serlo— que la elección de uno u otro Papa, a estos efectos, es irrelevante. Podrían haber puesto, en vez de un Papa que fuera socio del San Lorenzo, otro que estuviera afilado al Bloco de Esquerda portugués que lo macharían igual, y con los mismos argumentos: oscurantista, medieval, etc. Porque el objetivo del anticatolicismo, más o menos sutil pero militante, de buena parte de los medios no es hacer una crítica razonable a la Iglesia para promover que esta se «adapte» a los tiempos modernos y al chachipirulismo progre. El objetivo es destruirla a medio o largo plazo, porque la Iglesia católica es la sección más organizada de la principal religión mundial, y atacarla hasta sus cimientos es la punta de lanza de un ataque vastísimo que busca desmoronar las bases culturales del fenómeno religioso, que es todavía el principal —y acaso último— obstáculo real a la ideología globalista-hedonista-consumista que se propone como el nuevo Dios de la posmodernidad. Esa es la raíz histórica y funcionalmente objetiva (que podríamos decir, en terminología marxista) de los ataques al papado.

Por eso, que el Papa sea más o menos «moderno», «progresista» o el adjetivo-cliché de turno, da igual. La mayoría de los que escribirán esta semana artículos de opinión contra Bergoglio, la mayoría de los que redacten sibilinamente noticias con el propósito de poner en cuestión el respeto de Bergoglio por la democracia y los derechos, ayer no conocían ni su nombre. Es la regla de oro del agit-pro practicada por los «frentes culturales» del marxismo-leninismo de los años 50 y 60, regla de oro que es una de las pocas cosas que los progres canosos de hoy, socialdemócratas conversos al pragmatismo burgués a sus sesenta años, después de desengañados de sus veleidades revolucionarias juveniles, conservan décadas después. El manual de la praxis conspirativa. Acusa a tu enemigo de fascista si lo es. Acúsalo, también, si es todo lo contrario. Porque si el enemigo es un fascista, es peligroso por fascista. Pero si el enemigo es bueno, es doblemente peligroso, porque su bondad confundirá al pueblo respecto a quién es el verdadero enemigo. Así que, en cualquier caso, hay que llamarlo fascista. Y pedófilo, por supuesto, que no falte.

Más sutil que estos exabruptos es, ciertamente, el diario El País. Hoy nos ha puesto a los lectores dos noticias, para guiarnos por el correcto camino y hacernos comprender quién es el Papa Francisco. Una, en la que habla de los testimonios «muy numerosos» de su supuesta «connivencia» con la dictadura militar argentina, y de su responsabilidad en la desaparición de «un laico que fue secuestrado junto a dos sacerdotes que no reaparecieron» (obsérvese que esto da a entender que los dos sacerdotes fueron asesinados). Otra, en la que habla con más detalle de dos sacerdotes detenidos por su culpa (¿serán acaso otros diferentes?), y explica que «se llamaban Orlando Yorio, ya fallecido, y Francisco Jalics, que vive en Alemania». Ya sabíamos que la prensa actual había tirado por el retrete aquellos principios de contrastar sus fuentes y de no mezclar información con opinión. Lo que parece nuevo es que ahora ni siquiera se contraste la coherencia interna de la propia propaganda.

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